Domingo 29 de noviembre de 2026
Domingo de la I semana del Tiempo de Adviento
«Domingo 1 de Adviento»
ORACIÓN PREPARATORIA
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
LECTURAS DE HOY
Primera Lectura
Isaίas 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7
Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor; ése es tu nombre desde siempre. ¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte? Vuélvete, por amor a tus siervos, a las tribus que son tu heredad. Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia. Descendiste y los montes se estremecieron con tu presencia. Jamás se oyó decir, ni nadie vio jamás que otro Dios, fuera de ti, hiciera tales cosas en favor de los que esperan en él. Tú sales al encuentro del que practica alegremente la justicia y no pierde de vista tus mandamientos. Estabas airado porque nosotros pecábamos y te éramos siempre rebeldes. Todos éramos impuros y nuestra justicia era como trapo asqueroso; todos estábamos marchitos, como las hojas, y nuestras culpas nos arrebataban, como el viento. Nadie invocaba tu nombre nadie se levantaba para refugiarse en ti, porque nos ocultabas tu rostro y nos dejabas a merced de nuestras culpas. Sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos.
Palabra de Dios.
Te alabamos Señor.
Salmo Responsorial
Salmo 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19
R/. Señor, muéstranos tu favor y sálvanos
Segunda Lectura
1 Corintios 1, 3-9
Hermanos: Les deseamos la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Cristo Jesús, el Señor. Continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús, ya que por él los ha enriquecido con abundancia en todo lo que se refiere a la palabra y al conocimiento; porque el testimonio que damos de Cristo ha sido confirmado en ustedes a tal grado, que no carecen de ningún don, ustedes, los que esperan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento. Dios es quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y Dios es fiel.
Palabra de Dios.
Te alabamos Señor.
Aclamación antes del Evangelio
R. Aleluya, Aleluya.
Muéstranos, Señor, tu misericordia
R. Aleluya.
EVANGELIO DEL DÍA
† Del santo Evangelio según Marcos 13, 33-37
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento. Así como un hombre que se va de viaje, deja su casa y encomienda a cada quien lo que debe hacer y encarga al portero que esté velando, así también velen ustedes, pues no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada. No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo. Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”.
Palabra del Señor
Gloria a ti, Señor Jesús
REFLEXIONES DEL EVANGELIO
Empieza un nuevo año cristiano Hoy los cristianos empezamos un nuevo año litúrgico. Y lo hacemos con una convocatoria que nos resulta conocida y nueva a la vez: somos invitados a celebrar, en un único y progresivo movimiento, el Adviento, la Navidad y la Epifanía. Las tres palabras -Adviento, Navidad y Epifanía, o sea, venida, nacimiento y manifestación- apuntan a lo mismo: que el Hijo de Dios, Cristo Jesús, se ha querido hacer presente en nuestra historia para comunicarnos su salvación. Desde hoy hasta el día del Bautismo del Señor, el domingo siguiente a la Epifanía, van a ser unas seis semanas de "tiempo fuerte" en que celebramos la misma Buena Noticia: la venida del Señor. Cuando todos están hablando de las últimas semanas del año, nosotros hablamos de las primeras. Cuando en el ambiente social se respira la preparación comercial de las fiestas navideñas, nosotros los cristianos, además, nos centramos en la gran noticia de que nuestro Dios ha querido ser Dioscon-nosotros. Nos guiarán en esta celebración las lecturas y las oraciones, así como la ambientación especial de las iglesias y el repertorio de los cantos. También las velas de la "corona de Adviento", que iremos encendiendo sucesivamente a lo largo de estas semanas y que con el verde vegetal y la luz de las velas nos habla simbólicamente de la esperanza y de la alegría por la venida del Señor. Isaías 63,16-17.19; 64,2-7. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases! El profeta nos presenta una visión muy positiva de Dios, en contraposición a otra, no tan positiva, de nuestra situación de pecado. La lectura de hoy es la oración confiada y humilde a un Dios a quien se llama "nuestro Padre" y "nuestro Redentor". Le pedimos que se vuelva a nosotros, aunque seamos culpables y "nuestra justicia sea un paño manchado". El pueblo de Israel sabe que ha merecido el castigo (el destierro) y que Dios le "haya ocultado su rostro". Pero confía en que él, como siempre, le perdonará y salvará. Desea que se "rasguen los cielos" y baje la salvación de Dios. El salmo sigue con el mismo tono de humilde confianza: "oh Dios, restaúranos, que brille tu rostro y nos salve". Esta vez el salmista llama a Dios "Pastor de Israel" y le pide que venga en nuestra ayuda: "ven a visitar tu viña... danos vida para que invoquemos tu nombre". 1 Corintios 1,3-9. Esperamos la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo Leemos el comienzo de esta carta de Pablo a los cristianos de Corinto. Después del saludo, en seguida asume un tono optimista y de acción de gracias por la situación de aquella comunidad: "habéis sido enriquecidos en todo... no carecéis de ningún don". Sobre todo alaba Pablo (con una cierta ironía, que se extiende a toda la carta) que los de Corinto son famosos "en el hablar y en el saber" (¡son griegos, y los griegos eran maestros en filosofía!). Pero además de creer en el Cristo que ya vino, y que "les llama a participar en su vida", los corintios "aguardan la manifestación del Señor" al final de los tiempos: es la perspectiva escatológica. Los corintios miran ya hacia delante y se preparan para cuando se tengan que presentar ante "el tribunal de Jesucristo Nuestro Señor". Marcos 13,33-37. ¡Velad, ya que no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa! Ya desde este primer domingo empezamos a escuchar al evangelista Marcos, que nos acompañará todo el año. No lo hacemos desde su primera página -lo haremos el próximo domingo- sino con uno de los últimos capítulos antes de la Pasión, porque en la primera parte del Adviento miramos decididamente hacia el final de los tiempos. Jesús ofrece una breve parábola a sus oyentes, invitándoles a la vigilancia. Compara su venida última con la vuelta del amo, que se ha ido de viaje y puede volver a casa en cualquier momento. Se trata de que los criados estén preparados para recibirle cuando llegue, no sea que los encuentre dormidos. El consejo de Jesús es claro: "lo que digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!".
Somos pecadores
Reconocerse pecadores es la primera condición para que Dios nos salve. Eso es lo que hace el profeta en nombre del pueblo de Israel y nos invita a hacer a nosotros: todos somos pecadores, impuros, culpables. Con una sencilla comparación, dice que "nuestra justicia es un paño manchado". También nosotros, sin ninguna exageración, podemos reconocernos pecadores delante de Dios. Como sociedad. Como Iglesia. Como personas particulares. No será tal vez que hayamos cometido graves pecados. Pero seguro que sí pecamos muchas veces de dejadez, de olvido, de pereza, envueltos y tentados como estamos por una mentalidad social que no es exactamente la de Dios. ¿Tendremos que reconocer también nosotros que "nuestra justicia es un paño manchado" y que "nos hemos extraviado de tus caminos"? Desde esa situación de "déficit" -cada uno sabe en qué y hasta qué puntosomos invitados a pedir perdón a Dios, también como comunidad. Orar con confianza a Dios Nuestra oración debería estar también llena de confianza. Si el profeta llamaba a Dios "nuestro padre" y "nuestro redentor", y el salmista se dirigía a él como "pastor de Israel", nosotros, después de la venida de Cristo Jesús a nuestra historia, tenemos muchos más motivos para llamarle nuestro Padre y Salvador, y para decir con un cierto orgullo: "jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él". También en el Adviento de este año deseamos nosotros en nuestras oraciones y cantos que Dios "rasgue los cielos y baje" en nuestra ayuda. Como cuando en tiempo de sequía el campesino mira al cielo, deseando que aparezcan por fin las nubes y la lluvia. Nosotros también necesitamos esa lluvia de Dios. Es verdad que somos débiles y no siempre hemos correspondido a Dios como él deseaba, pero seguimos diciendo como el profeta: "y sin embargo tú eres nuestro padre". Ya hace dos mil años que Dios envió a su Hijo a salvarnos. Pero se trata de que nosotros, en la Navidad de este año, le admitamos en nuestra vida, que pueda entrar de veras en nuestra existencia y en nuestra mentalidad. Lo digo a todos: ¡velad! No nos resulta cómodo que nos despierten y nos inviten a velar, a vigilar. Pues eso es lo que hace Jesús con nosotros. Miles y miles de comunidades cristianas escuchan hoy la llamada inicial del Adviento: "lo digo a todos: ¡velad!". Es un toque de atención. Una llamada a la vigilancia. Nuestra tendencia, con el correr de los días y los meses, es a quedarnos un poco dormidos, perezosamente instalados en lo que ya tenemos, entretenidos en muchos valores intermedios y descuidando los fundamentales. El Adviento es como un despertador espiritual. Nos estimula a la vigilancia orientando nuestra mirada, ante todo, hacia adelante: a la última venida, al final de los tiempos, la venida gloriosa del Señor como Juez de la historia. La primera parte del Adviento, hasta el día 16 de diciembre, tiene esta perspectiva "escatológica", de mirada hacia el final de los tiempos. Se nota en los prefacios y en las oraciones. También nos prepara el Adviento a la "venida sacramental" que sucederá, con gracia siempre nueva, en la Navidad de este año. La Navidad está en medio de la primera venida, que ya sucedió hace dos mil años en Belén, y la última, que no sabemos cuándo tendrá lugar. La Navidad condensa en sí misma el pasado y el futuro, con una gracia que siempre es actual y presente: el Dios que quiere hacerse, una vez más, con renovada ilusión por su parte, Dios-con-nosotros. Vigilar es no dejarse vencer por el sueño, no caer en el sopor o en la pereza o en la rutina. Vigilar es estar atentos a Dios, a su venida continuada a nuestras vidas, y acogerle cada día. Vigilar es darse cuenta de que no sabemos cuándo acabará nuestro camino personal, ni el de la humanidad, ni el del cosmos. Dios puede "venir" a nosotros a cualquier hora, cualquier día, "al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer", como dice la parábola de Jesús. Lo importante no es saber cuándo vendrá, sino cómo tenemos que estar preparados para que nos encuentre dispuestos a recibirle. Vigilar es mirar al futuro: como hacen los que se preocupan de que nuestro mundo, nuestro medio ambiente, no vaya deteriorándose, sino que lo podamos dejar en herencia a nuestros sucesores en las mejores condiciones posibles. O como el jardinero que cuida su jardín, porque sabe que si lo descuida crecerán las malas hierbas y se estropeará progresivamente. O como el deportista que no sabe cuándo va a ser el momento decisivo para atacar o responder al ataque del adversario. O como cuando, al comienzo del verano o del invierno, cambian oficialmente la hora y tenemos que "poner en hora" nuestro reloj personal: así en el Adviento tendríamos que poner en hora nuestro reloj espiritual y reorientar nuestra marcha por la vida. Pregoneros de la esperanza En medio de las propagandas y confusas ideologías de este mundo, vivir el Adviento es, para los cristianos, reconocer que sólo en Dios está la salvación. Las seguridades que nos ofrecen el dinero, o el placer, o el éxito social, son efímeras. Debemos volver a sentir la necesidad de Dios, creyéndonos las palabras que tantas veces oímos y decimos estos días: "ojalá rasgases los cielos y bajases". Al menos en Adviento, ¿tendremos hambre de Dios? Pero también debemos ser pregoneros de esa misma esperanza para los demás: transmitir a las personas con las que nos encontramos esa confianza en Dios, que quiere construir, con nuestra ayuda, unos cielos nuevos y una tierra nueva. Si vamos cantando: "ven, Salvador, ven sin tardar", eso se tiene que traducir en un estilo de vida en que predomine la esperanza y, a la vez, nuestro compromiso de trabajar para la llegada del Reino de Dios. El Adviento es una verdadera escuela de esperanza. A veces se nos insiste en la importancia de una fe recta o de una caridad generosa. En este tiempo se nos urge a que crezcamos en esperanza, a que aprendamos a esperar, como espera el estudiante las vacaciones, y la mujer su primer hijo, y el campo reseco la lluvia... Cada vez que celebramos la Eucaristía miramos al pasado, porque es el memorial de la Pascua del Señor. Pero también miramos hacia delante: "mientras aguardamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo", y en el centro de cada celebración proclamamos: "ven, Señor Jesús". Si el profeta llamaba a Dios "nuestro Padre", nosotros, en el rezo de la oración que nos enseñó Jesús, hoy tendríamos que "descongelar" esa expresión, y decirla con profunda fe, creyendo lo que decimos: "Padre nuestro, que estás en los cielos... Venga a nosotros tu Reino".
PROPÓSITO DEL DÍA
Dar gracias a Dios por este nuevo día.
DESPEDIDA
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Dios te bendiga.