Lectio Divina
Domingo 15 de marzo de 2026
«Yo soy la luz del mundo.»
Nos encontramos hoy, hermanos, con el relato del evangelista san Juan sobre la curación del ciego de nacimiento. Jesús, al ver a este hombre, no se detiene en la pregunta sobre quién pecó, si él o sus padres, una preocupación tan humana y a veces equivocada. Más bien, el Señor nos revela que esta situación es una oportunidad para que las obras de Dios se manifiesten en él (Juan 9, 3). Jesús realiza un signo visible: escupe en tierra, hace barro con la saliva, unta los ojos del ciego y le manda ir a lavarse a la piscina de Siloé. El ciego obedece y vuelve viendo. Este acto no es solo una curación física, sino un profundo símbolo de la acción de Dios que abre los ojos del corazón a la fe. El pasaje nos muestra la resistencia de algunos, como los fariseos, a reconocer la obra de Dios, aferrados a sus propias interpretaciones de la ley, mientras que el hombre curado, poco a poco, va descubriendo quién es Jesús, pasando de llamarlo 'un profeta' (Juan 9, 17) a 'Señor' (Juan 9, 38).
Este Evangelio nos interpela directamente: ¿cuántas veces permanecemos ciegos ante la presencia de Dios en nuestra vida, en los hermanos, en los acontecimientos? Quizás nuestra ceguera no sea física, sino espiritual, una incapacidad para reconocer la luz de Cristo que ilumina nuestro camino y nos llama a la conversión. El ciego de nacimiento confió en la palabra de Jesús y obedeció, y por ello recibió la vista. ¿Estamos nosotros dispuestos a confiar y obedecer cuando el Señor nos pide algo que no comprendemos del todo? La actitud de los fariseos nos advierte sobre el peligro de la autosuficiencia espiritual, de creer que ya lo sabemos todo y no necesitamos ser iluminados por Cristo. A veces, nuestros prejuicios o nuestra comodidad nos impiden ver la verdad y acoger la gracia de Dios. Este tiempo de Cuaresma es una ocasión propicia para pedir al Señor que nos sane de toda ceguera, para que podamos ver con claridad su voluntad y seguirle con un corazón renovado.
Señor Jesús, Luz del mundo, te damos gracias por tu Palabra que hoy ilumina nuestra oscuridad. Te pedimos humildemente que abras nuestros ojos, para que podamos reconocerte en cada hermano y en cada circunstancia de nuestra vida. Danos la gracia de la fe sencilla del ciego de nacimiento, para obedecer tus mandatos y experimentar la plenitud de tu amor. Que no permitamos que la ceguera de nuestros juicios o de nuestro orgullo nos aparte de Ti. Amén.
Permanece en silencio ante el Señor. Siente su presencia amorosa. Deja que la luz de su Palabra penetre en tu corazón, disipando toda oscuridad. Descansa en la certeza de que Él es la Luz que te guía.
Hoy me esforzaré por mirar a las personas y las situaciones de mi día con los ojos de la fe, buscando la presencia de Dios en ellas, y no juzgando precipitadamente.
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