Lectio Divina
Viernes 3 de abril de 2026
«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.»
Nos encontramos hoy, Viernes Santo, ante el relato de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan (18, 1–19, 42). Este pasaje nos sumerge en los momentos culminantes de la vida de Jesús, desde su arresto en el huerto de Getsemaní, su presentación ante las autoridades judías y romanas, hasta su crucifixión, muerte y sepultura. Juan nos presenta a un Jesús que, consciente de su misión y de la voluntad del Padre, avanza con soberanía y dignidad hacia el cumplimiento de las Escrituras. El evangelista destaca la realeza de Jesús, incluso en medio del sufrimiento y la humillación. Él mismo se identifica como 'Yo Soy' (18, 5), y ante Pilato, afirma que su Reino no es de este mundo (18, 36). En cada detalle, desde la traición de Judas hasta la entrega de su Espíritu, se nos revela el amor infinito de Dios por la humanidad. La presencia de María al pie de la cruz (19, 25-27) y el costado traspasado de donde brotan agua y sangre (19, 34) son signos profundos de la nueva vida que surge de este sacrificio.
Hoy, al meditar en la Pasión del Señor, somos invitados a contemplar la inmensidad del amor de Dios. Jesús no fue una víctima pasiva, sino que libremente se entregó por nosotros. ¿Qué me dice este amor extremo sobre mi propia vida? ¿Soy consciente del precio de mi redención y de la gratuidad de la salvación que se me ofrece? La cruz no es solo un símbolo de dolor, sino el trono desde donde Cristo reina, manifestando su amor y su victoria sobre el pecado y la muerte. En mi camino diario, ¿cómo acojo este amor? ¿Estoy dispuesto a cargar mi propia cruz, mis dificultades y sufrimientos, uniéndolos a los de Cristo, confiando en su promesa de vida eterna? El Viernes Santo nos llama a la conversión, a reconocer nuestras propias faltas y a renovar nuestro compromiso con Aquel que dio todo por nosotros.
Señor Jesús, en este día santo, te contemplamos en tu Pasión y Muerte. Te damos gracias por tu amor incondicional, que te llevó a entregar tu vida por nuestra salvación. Perdona nuestras indiferencias, nuestras faltas y nuestra falta de correspondencia a tan grande don. Fortalécenos para que, unidos a ti, podamos cargar nuestras cruces diarias con fe y esperanza. Ayúdanos a vivir según tu voluntad, dando testimonio de tu amor en el mundo.
Permanezcamos ahora en silencio, contemplando al Cristo crucificado. Dejemos que su mirada de amor nos penetre y que su sacrificio nos hable al corazón. Descansa en su presencia, en el misterio de su entrega total.
Hoy, me comprometo a realizar un acto de caridad o misericordia en silencio, ofreciéndolo por aquellos que sufren, recordando el amor de Cristo en la cruz y su compasión por la humanidad.
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