Lectio Divina
Martes 7 de abril de 2026
«He visto al Señor.»
Nos encontramos en el Evangelio de San Juan, en el día glorioso de la Resurrección. María Magdalena, con un corazón afligido por la pérdida de su Señor, acude al sepulcro. Su amor y su dolor la impulsan a buscar a Jesús, y al encontrar la tumba vacía, su angustia se intensifica. Corre a avisar a Pedro y al otro discípulo, quienes constatan el hecho. Sin embargo, María permanece en el sepulcro, llorando, incapaz de apartarse del lugar donde esperaba encontrar a su Maestro. Su insistencia revela la profundidad de su amor y su fe, incluso en medio de la tristeza y la confusión. Es en este contexto de búsqueda y desolación que Jesús resucitado se le aparece. Primero la confunde con el jardinero, lo que subraya su velo de dolor. Pero al escuchar su nombre, '¡María!', ella lo reconoce inmediatamente. Este encuentro personal y transformador la convierte en la primera testigo de la Resurrección, encargada de anunciar la buena nueva a los hermanos. 'He visto al Señor' (Juan 20,18) es su proclamación, un testimonio que cambiará para siempre la historia de la salvación.
La experiencia de María Magdalena nos invita a reflexionar sobre nuestra propia búsqueda de Dios. ¿Con qué actitud nos acercamos al Señor, especialmente en momentos de dificultad o de aparente ausencia? Como María, a veces podemos sentirnos perdidos o confundidos, llorando ante lo que parece una tumba vacía en nuestras vidas o en el mundo. Sin embargo, el Señor resucitado está siempre presente, aunque no siempre lo reconozcamos de inmediato. Su voz, que nos llama por nuestro nombre, es la que disipa las tinieblas y nos abre los ojos a su presencia viva. Este pasaje nos recuerda que el amor perseverante, incluso en el dolor, es el camino para encontrar a Jesús. Él se revela a quienes lo buscan con un corazón sincero y humilde. La misión de María, 'Ve a decir a mis hermanos que subo a mi Padre y Padre de ustedes, a mi Dios y Dios de ustedes' (Juan 20,17), es también nuestra misión. Estamos llamados a ser testigos de la Resurrección en nuestro propio entorno, a proclamar con nuestra vida y nuestras palabras que Jesús está vivo y actúa en la historia.
Señor Jesús, te damos gracias por el don de tu Resurrección y por la fe de María Magdalena, que nos inspira. Ayúdanos a buscarte con el mismo amor perseverante, incluso cuando el dolor o la duda nos asalten. Que tu voz, que nos llama por nuestro nombre, resuene en nuestro interior y disipe toda tristeza. Concédenos la gracia de reconocerte vivo y presente en nuestra vida diaria, y danos la valentía para ser tus testigos en el mundo, anunciando con alegría que tú eres nuestro Señor y nuestro Dios.
Permanece en silencio, acogiendo la presencia del Resucitado. Deja que la Palabra 'He visto al Señor' resuene en tu corazón. Descansa en la certeza de que Él está vivo y te llama por tu nombre.
Hoy me esforzaré por reconocer la presencia de Jesús en las personas y situaciones de mi día, especialmente en aquellas que me resulten más difíciles, y compartiré una palabra de esperanza con alguien que lo necesite.
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