Lectio Divina
Domingo 19 de abril de 2026
«Y se les abrieron los ojos y lo reconocieron.»
Nos encontramos hoy, hermanos, con el conmovedor relato de los discípulos de Emaús, tomado del Evangelio según san Lucas. El pasaje nos sitúa en el mismo día de la resurrección de Jesús. Dos de sus discípulos, descorazonados y llenos de tristeza por los acontecimientos de la pasión y muerte del Señor, caminan hacia una aldea llamada Emaús. Su conversación está dominada por la desilusión y la falta de comprensión ante lo que había sucedido en Jerusalén. Jesús mismo se acerca a ellos en el camino, pero sus ojos están velados y no lo reconocen. El Señor, con paciencia y sabiduría, comienza a explicarles las Escrituras, "empezando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó todo lo que se refería a él en las Escrituras" (Lucas 24, 27). Su corazón se enciende mientras escucha la Palabra. Es al compartir la mesa, al tomar el pan, pronunciar la bendición, partirlo y dárselo, que "se les abrieron los ojos y lo reconocieron" (Lucas 24, 31). Inmediatamente, Jesús desaparece de su vista, y ellos, llenos de gozo y celo, regresan a Jerusalén para anunciar lo que habían visto y experimentado.
Este Evangelio nos invita a reflexionar sobre nuestra propia fe y nuestra capacidad de reconocer a Jesús en medio de nuestras alegrías y, especialmente, en nuestras tristezas. ¿Cuántas veces caminamos por la vida con el corazón apesadumbrado, sin reconocer la presencia del Señor a nuestro lado? A menudo, nuestros ojos están velados por las preocupaciones, las dudas o la falta de esperanza, impidiéndonos ver al Resucitado que nos acompaña y nos habla. La experiencia de Emaús nos enseña la importancia de la Palabra de Dios y de la Eucaristía. Es a través de la escucha atenta de las Escrituras, que nos iluminan y nos explican el misterio de Cristo, y en el encuentro con Él en el Pan partido, donde nuestros ojos espirituales se abren. El Señor se nos revela en la comunidad, en la mesa compartida, en la fracción del pan. Él nos espera en cada Eucaristía para encender nuestro corazón y renovar nuestra esperanza, transformando nuestra tristeza en gozo y nuestro desánimo en un ardiente deseo de anunciar su resurrección.
Señor Jesús, te pedimos que nos acompañes en nuestros caminos, especialmente cuando nos sentimos desorientados o desanimados. Abre nuestros ojos para reconocerte en la Palabra que escuchamos y en el Pan que compartimos. Enciende nuestro corazón con tu amor y tu presencia, para que, como los discípulos de Emaús, volvamos con prontitud a anunciar tu resurrección y tu victoria sobre la muerte. Que nuestra fe se fortalezca en cada encuentro contigo, y que seamos testigos gozosos de tu vida nueva.
Permanece ahora en silencio, con el corazón abierto. Descansa en la presencia del Señor Resucitado. Deja que la Palabra resuene en tu interior y que el Espíritu Santo te revele la presencia viva de Jesús en tu vida.
Hoy, buscaré un momento para leer con atención un pasaje del Evangelio, pidiendo al Señor que me ilumine y me ayude a reconocer su voz en mi vida diaria.
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