Lectio Divina
Miércoles 29 de abril de 2026
«Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que cree en mí no permanezca en la oscuridad.»
Hermanos y hermanas en Cristo, en este Miércoles de la IV semana de Pascua, la Palabra de Dios nos ilumina con el Evangelio de San Juan (12, 44-50). En este pasaje, Jesús proclama con autoridad su misión divina, revelando la íntima unión que existe entre Él y el Padre. Nos dice claramente: "El que cree en mí, no cree en mí, sino en Aquel que me envió; y el que me ve a mí, ve a Aquel que me envió" (Juan 12, 44-45). Jesús se presenta como la luz que ha venido al mundo, con el propósito de liberar a la humanidad de la oscuridad del pecado y la ignorancia. Su venida no es para juzgar y condenar, sino para salvar. Él afirma: "Yo no he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo" (Juan 12, 47). Sin embargo, también advierte sobre las consecuencias de rechazar su mensaje, pues la palabra que Él ha pronunciado será la que juzgue en el último día. Nos invita a acoger su enseñanza, que no es suya, sino del Padre que lo envió.
Queridos hermanos, este Evangelio nos interpela profundamente hoy. ¿Cómo estamos acogiendo la luz de Cristo en nuestras vidas? Jesús nos dice que Él es la luz, y que quien cree en Él no permanecerá en la oscuridad. Esto significa que al abrir nuestro corazón a su Palabra, a sus enseñanzas, somos capaces de discernir el bien del mal, de encontrar sentido en medio de las pruebas y de vivir con la esperanza cierta de la vida eterna. La invitación de Jesús es a no temer su palabra, sino a escucharla y guardarla. No es una palabra de condena, sino de salvación. En un mundo que a menudo parece sumergido en sombras, la luz de Cristo nos ofrece dirección, consuelo y verdad. Meditemos cómo podemos ser más dóciles a esta luz, permitiendo que transforme nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestro modo de ver la vida, para que cada día seamos verdaderos testigos de su presencia salvadora.
Señor Jesús, Luz del mundo, te damos gracias porque has venido a disipar nuestras tinieblas. Ayúdanos a creer firmemente en Ti y en el Padre que te envió. Que tu Palabra, que es vida y verdad, resuene en lo más profundo de nuestro ser y nos guíe por el camino de la salvación. Concédenos la gracia de no rechazar tu mensaje, sino de acogerlo con fe y de vivir conforme a tu voluntad, para que no permanezcamos en la oscuridad, sino que caminemos siempre en tu luz.
Ahora, en silencio, descansa en la presencia del Señor. Permite que la luz de su Palabra ilumine tu corazón. Siente su amor salvador y su deseo de que vivas plenamente en Él. Permanece en esta quietud, acogiendo la gracia de su presencia.
Hoy me comprometo a dedicar un momento específico del día a la lectura serena de un pasaje del Evangelio, pidiendo al Espíritu Santo que ilumine mi entendimiento y me ayude a vivir según la luz de Cristo.
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