Lectio Divina
Sábado 30 de mayo de 2026
«La autoridad de Jesús viene de Dios.»
Nos encontramos hoy, hermanos, con Jesús en Jerusalén, en el Templo, un lugar sagrado y de autoridad religiosa. Él camina por allí y es interpelado por los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y los ancianos, quienes le preguntan directamente sobre el origen de su autoridad: "¿Con qué derecho haces estas cosas? ¿Quién te ha dado esa autoridad para hacerlas?" (Marcos 11, 28). Esta pregunta no busca comprender, sino desafiar y descalificar a Jesús ante el pueblo. Jesús, con su sabiduría divina, no responde directamente a la trampa que le tienden. En lugar de ello, les propone una pregunta a ellos, vinculando su autoridad a la de Juan el Bautista: "Yo también les voy a hacer una pregunta. Si me la contestan, yo les diré con qué autoridad hago estas cosas: El bautismo de Juan, ¿venía del Cielo o de los hombres?" (Marcos 11, 29-30). Esta cuestión pone a sus interlocutores en un dilema, pues temen la reacción del pueblo si desprecian a Juan, a quien consideraban un profeta, y también temen reconocer la autoridad divina si admiten que su bautismo venía del Cielo. Finalmente, optan por la evasiva: "No lo sabemos" (Marcos 11, 33).
Hoy, esta escena nos invita a reflexionar sobre nuestra propia actitud ante la autoridad de Jesús. ¿Reconocemos de dónde viene su poder y su palabra? A menudo, como aquellos líderes religiosos, podemos caer en la tentación de cuestionar a Jesús desde nuestra propia lógica humana, nuestras expectativas o nuestros intereses, en lugar de abrirnos a la verdad que Él nos revela. La fe es precisamente ese reconocimiento humilde de que la autoridad de Jesús viene de Dios, y que su enseñanza es camino de vida. La pregunta de Jesús sobre el bautismo de Juan nos interpela también hoy. ¿Estamos dispuestos a reconocer la voz de Dios cuando se manifiesta, incluso si nos incomoda o nos exige un cambio? La evasiva de los jefes religiosos nos muestra cómo el miedo o el interés pueden impedirnos acoger la verdad. Meditemos si hay en nuestra vida áreas donde, por temor o conveniencia, evitamos dar una respuesta clara a lo que el Señor nos pide, o si preferimos permanecer en la ignorancia voluntaria antes que afrontar las implicaciones de la fe.
Señor Jesús, te damos gracias por tu Palabra que nos ilumina. Te pedimos que nos concedas la gracia de reconocer siempre tu divina autoridad en nuestra vida. Ayúdanos a no caer en la soberbia de cuestionarte desde nuestra limitada razón, sino a abrir nuestro corazón a tu verdad. Que tu Espíritu Santo disipe nuestros miedos y nos impulse a responder con fe y obediencia a tu llamado, reconociendo que todo bien y toda salvación vienen de Ti.
Ahora, en silencio, descansa en la presencia del Señor. Permite que la Palabra recibida penetre en tu corazón. Contempla a Jesús en el Templo, lleno de autoridad y sabiduría. Siente su mirada amorosa sobre ti y déjate envolver por su paz. Permanece en Él, sin prisas, solo en su presencia.
Hoy, me esforzaré por reconocer la autoridad de Jesús en una situación concreta de mi día, buscando su voluntad en lugar de la mía propia, especialmente cuando surja una dificultad o un desacuerdo.
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