Lectio Divina
Lunes 1 de junio de 2026
«La piedra que los constructores desecharon, ésa ha llegado a ser la piedra principal.»
Nos encontramos hoy, hermanos, con la parábola de los viñadores homicidas, que nos relata San Marcos en el capítulo 12, versículos del 1 al 12. Jesús, en el Templo de Jerusalén, se dirige a los sumos sacerdotes, escribas y ancianos, utilizando esta narración para desenmascarar su rechazo a Él y a los profetas enviados antes que Él. La viña representa al pueblo de Israel, cuidado con esmero por Dios, el propietario. El dueño de la viña envía a sus siervos, que simbolizan a los profetas, para recoger los frutos, pero son maltratados y asesinados. Finalmente, envía a su propio hijo, el heredero, pensando que a él sí lo respetarán. Sin embargo, los viñadores lo asesinan para quedarse con la herencia. Este pasaje concluye con una cita del Salmo 118,22: "La piedra que los constructores desecharon, ésa ha llegado a ser la piedra principal" (Marcos 12,10), que profetiza la resurrección de Jesús y su papel central en el plan de salvación. Los oyentes comprendieron que la parábola se refería a ellos, y por ello buscaron prender a Jesús.
Queridos hermanos, esta parábola nos invita a una profunda reflexión sobre nuestra propia vida y nuestra relación con Dios. Nosotros somos, en cierto modo, esos viñadores a quienes se les ha confiado la viña, que es nuestra existencia, nuestros talentos, nuestras responsabilidades. Dios espera de nosotros frutos de amor, de justicia, de caridad, de fe. ¿Estamos respondiendo a esa confianza con fidelidad o estamos aferrándonos egoístamente a lo que se nos ha dado, como si fuera nuestro y no de Dios? La historia nos muestra la paciencia infinita de Dios, que a pesar del rechazo y la violencia, sigue enviando a sus mensajeros, e incluso a su propio Hijo. ¿Cómo recibimos hoy la Palabra de Dios, las enseñanzas de la Iglesia, los consejos de quienes nos guían espiritualmente? ¿Los acogemos con humildad y docilidad, o los rechazamos, endureciendo nuestro corazón? Que esta meditación nos mueva a reconocer a Jesús como la piedra angular de nuestra vida y a producir frutos dignos del Reino.
Señor Jesús, te damos gracias por tu Palabra que ilumina nuestra vida. Te pedimos perdón por las veces que hemos sido viñadores infieles, por no haberte dado los frutos que esperabas de nosotros. Ayúdanos, Señor, a reconocer tu voz en medio del ruido del mundo, a acoger con un corazón abierto tu mensaje de amor y de salvación. Que tu Espíritu nos fortalezca para ser dóciles a tu voluntad y para vivir según el Evangelio, glorificando tu nombre con nuestras obras y con nuestra vida entera. Amén.
Ahora, en silencio, hermanos, detengámonos ante la presencia de Dios. Dejemos que la Palabra resuene en nuestro interior. Contemplemos la paciencia del Padre, el amor del Hijo y la fuerza del Espíritu. Descansemos en esa presencia que nos envuelve y nos transforma.
Hoy, me comprometo a examinar mis actitudes ante las exigencias del Evangelio y a esforzarme por dar un fruto concreto de caridad, ofreciendo mi ayuda a alguien que lo necesite en mi entorno, con humildad y sin esperar nada a cambio.
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