Lectio Divina
Martes 9 de junio de 2026
«Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo.»
Hermanos en Cristo, hoy la Palabra nos presenta un pasaje fundamental del Sermón de la Montaña, tomado del Evangelio según san Mateo (5, 13-16). Jesús se dirige a sus discípulos, y por extensión a todos nosotros, para recordarnos nuestra identidad y misión en el mundo. Con dos imágenes muy concretas y cotidianas, la sal y la luz, el Señor nos revela la esencia de nuestra vocación cristiana. El texto comienza afirmando: "Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal deja de salar, ¿con qué se le devolverá su sabor? Ya no sirve para nada, sino para tirarla y que la pisen" (Mateo 5, 13). Inmediatamente después, añade: "Ustedes son la luz del mundo. No se puede esconder una ciudad construida sobre un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara para taparla con un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que alumbre a todos los de la casa" (Mateo 5, 14-15). Finalmente, concluye con una invitación a la acción: "Así, pues, brille su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los Cielos" (Mateo 5, 16). Jesús nos llama a ser presencia transformadora y visible de Dios en medio de la humanidad.
Queridos hermanos, las palabras de Jesús hoy nos interpelan profundamente. ¿Soy verdaderamente sal que da sabor y preserva, o he perdido mi fuerza, mi capacidad de influir positivamente en mi entorno? La sal, en tiempos de Jesús, no solo sazonaba, sino que también conservaba los alimentos. De igual manera, nuestra fe y nuestro testimonio están llamados a dar sabor a la vida de quienes nos rodean, a preservar los valores del Evangelio en un mundo que a menudo los olvida. Asimismo, el Señor nos dice que somos luz. La luz no se esconde, sino que ilumina, disipa las tinieblas, muestra el camino. Nuestra vida cristiana no debe ser un tesoro guardado en secreto, sino una lámpara puesta en lo alto, que con nuestras buenas obras, con nuestro amor y nuestra esperanza, muestre el rostro de Dios a los demás. ¿Mis acciones reflejan esta luz? ¿Mi modo de vivir glorifica al Padre que está en los Cielos? Es un llamado a la coherencia y a la valentía de vivir nuestra fe sin complejos, para que otros puedan encontrar a Cristo a través de nosotros.
Señor Jesús, te damos gracias porque nos llamas a ser sal de la tierra y luz del mundo. Te pedimos perdón por las veces que hemos perdido nuestro sabor, por las ocasiones en que hemos ocultado la luz de tu Evangelio. Ayúdanos, Señor, a vivir con autenticidad nuestra fe, a ser instrumentos de tu amor y de tu verdad en cada lugar donde nos encontremos. Que nuestras vidas sean un reflejo de tu gracia, para que, al ver nuestras obras, los hombres te glorifiquen a ti, Padre celestial. Amén.
Ahora, en el silencio de tu corazón, descansa en la presencia del Señor. Permite que estas palabras "Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo" resuenen en tu interior. Siente cómo el Espíritu Santo te ilumina y te fortalece para vivir esta vocación.
Hoy me comprometo a realizar una obra de caridad o un gesto de servicio concreto, por pequeño que sea, con la intención de que a través de él se manifieste el amor de Dios a alguien de mi entorno.
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