Lectio Divina
Martes 30 de junio de 2026
«“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” (Mateo 8, 26)»
El pasaje de Mateo 8, 23-27 nos presenta a Jesús y sus discípulos cruzando el mar de Galilea en una barca. Este relato se inscribe en una sección más amplia (Mt 8, 1-9, 34) que muestra el poder de Jesús a través de milagros, revelando su autoridad sobre la enfermedad, los demonios y, en este caso, la naturaleza. El detalle de Jesús durmiendo en medio de la tempestad no solo subraya su humanidad, sino que también contrasta con el pánico de los discípulos y sirve como un test de su fe. La barca es un símbolo recurrente en la tradición cristiana, representando a la Iglesia que navega en medio de las pruebas del mundo. La pregunta de Jesús, "¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?", es central. No es una mera reprensión, sino una invitación a la confianza plena en Él. Su palabra poderosa, que calma los vientos y el mar, evoca la acción creadora de Dios en el Génesis (cf. Gn 1, 2) y su dominio sobre las aguas en el Antiguo Testamento (cf. Sal 107, 29). La reacción de los discípulos, "¿Quién es este, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?", muestra el asombro ante la manifestación de la divinidad de Jesús, una pregunta que el evangelio de Mateo invita a responder a lo largo de toda su narración.
Este evangelio nos interpela directamente sobre nuestra fe en medio de las "tempestades" de la vida. Las olas que cubren la barca pueden ser las dificultades personales, las crisis familiares, las pruebas de la sociedad o incluso las tribulaciones de la Iglesia. Como los discípulos, a menudo nos dejamos vencer por el miedo y la ansiedad, olvidando la presencia de Jesús en nuestra "barca". Su aparente "sueño" no es desinterés, sino una pedagogía divina que espera nuestra súplica y nos invita a confiar. San Agustín, al reflexionar sobre este pasaje, nos recuerda que el sueño de Cristo en la barca es un misterio de su presencia que nos llama a despertar nuestra propia fe. Cuando nos sentimos abrumados, la primera reacción debería ser volvernos a Él, como hicieron los discípulos, aunque su fe fuera aún incipiente. La pregunta de Jesús, "¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?", resuena hoy para cada uno de nosotros. Nos invita a examinar la calidad de nuestra confianza en el Señor. No se trata de una fe ingenua que niega la realidad del peligro, sino de una fe adulta que reconoce la soberanía de Dios sobre toda circunstancia. La paz que Jesús instaura no es solo el fin de la tormenta externa, sino la calma interior que brota de sabernos amparados por su poder y su amor. La primera lectura de Amós (3, 1-8) nos recuerda que Dios interviene en la historia y que su voz, como el rugido del león, es poderosa y transformadora. Si Él ha hablado, ¿quién no profetizará? Si Él está con nosotros, ¿a quién temeremos?
Señor Jesús, en las tormentas de mi vida, cuando las olas de la angustia amenazan con sumergir mi barca, y mi corazón se agita por el miedo, despiértame a tu presencia. Tú que duermes en la popa de mi existencia, te ruego, oh Maestro, que me ayudes a recordar que estás ahí, que no me dejas solo. Aumenta mi fe, Señor, para que, al igual que los vientos y el mar te obedecen, mi alma se aquiete ante tu palabra. Concédeme la gracia de confiar plenamente en tu amor y tu poder, para que, aun en la oscuridad, pueda exclamar: "¡Sálvame, Señor, que perecemos!", sabiendo que tú eres mi refugio y mi paz.
Permanece en silencio, sintiendo la presencia de Jesús en tu barca. Deja que su mirada amorosa te penetre y que su palabra, "¡Calma! ¡Silencio!", resuene en tu corazón. Confía en su poder sobre todas las cosas. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, "La fe es la garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven" (Hebreos 11, 1).
Hoy, en medio de alguna preocupación o dificultad, grande o pequeña, haré un acto de fe consciente, repitiendo interiormente: "Jesús, yo confío en ti", y me abandonaré a su providencia.
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