Lectio Divina
Jueves 9 de julio de 2026
«Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos.»
Nos encontramos hoy con Jesús enviando a sus discípulos, los Doce, a una misión crucial. Les da instrucciones claras sobre cómo deben actuar y qué deben proclamar. Su mensaje central es la cercanía del Reino de los Cielos, y para ello, les confiere un poder extraordinario: curar enfermos, resucitar muertos y expulsar demonios. Es un poder recibido gratuitamente, y así deben ejercerlo, sin buscar beneficio personal. Jesús también les indica cómo deben vivir esta misión: con desprendimiento total, sin provisiones materiales, confiando plenamente en la Providencia y en la hospitalidad de aquellos a quienes sirven. La paz es el saludo y la ofrenda que deben llevar a cada casa, y la respuesta a su mensaje determinará la bendición o el juicio sobre aquellos que los reciban o los rechacen. Este pasaje, en sintonía con la primera lectura de Oseas, nos recuerda el amor incondicional de Dios que llama a su pueblo, aunque este se aleje, y la compasión divina que se derrama a pesar de la ingratitud. El envío de los discípulos es una prolongación de ese amor salvífico.
Este Evangelio me invita a reflexionar sobre mi propia misión como bautizado. ¿Soy consciente de que también he sido 'enviado' por Jesús para proclamar el Reino? No con los mismos signos extraordinarios, quizás, pero sí con el testimonio de mi vida, con la palabra oportuna, con la caridad hacia el prójimo. El Señor me llama a ser instrumento de su paz y de su amor en mi entorno. La insistencia de Jesús en el desprendimiento me cuestiona profundamente. ¿Qué 'morrales' o 'monedas' llevo conmigo que me impiden ser más libre para el servicio del Reino? ¿Confío verdaderamente en la Providencia de Dios, o me aferro a mis seguridades materiales? La gratuidad con la que debo dar lo que he recibido es un recordatorio de que todo don viene de Él y a Él debe volver en servicio desinteresado. Como el pueblo de Israel en la primera lectura, a veces nos alejamos, pero Dios, con su amor compasivo, siempre nos busca y nos atrae con lazos de cariño.
Señor Jesús, te doy gracias por llamarme a ser parte de tu misión. Ayúdame a comprender la grandeza de la tarea que me confías y a vivirla con la radicalidad que me pides. Te pido la gracia del desprendimiento, para no cargar con aquello que me impide seguirte con libertad. Que tu paz sea mi saludo y mi ofrenda, y que mi vida sea un testimonio auténtico de tu Reino que ya se acerca. Que mi corazón se asemeje al tuyo, lleno de compasión por aquellos a quienes me envías.
Permanece en silencio, en la presencia del Señor. Deja que la Palabra resuene en tu interior: "Vayan y proclamen que ya se acerca el Reino de los cielos". Siente la invitación de Jesús, su confianza en ti, su amor que te impulsa a salir y llevar su paz al mundo.
Hoy, buscaré una oportunidad para llevar un mensaje de paz o de esperanza a alguien de mi entorno, ya sea con una palabra amable, una escucha atenta o un gesto de servicio desinteresado, confiando en que el Señor actúa a través de mí.
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