Lectio Divina
Lunes 13 de julio de 2026
«El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.»
Nos encontramos hoy, hermanos, con un pasaje del Evangelio de San Mateo (10, 34-11, 1) que nos presenta a Jesús en un momento crucial, enviando a sus discípulos y dándoles instrucciones claras sobre el seguimiento. Sus palabras pueden parecer duras, incluso desconcertantes, al afirmar que no ha venido a traer la paz, sino la división. Sin embargo, esta 'guerra' a la que se refiere no es una contienda de armas, sino un conflicto interior y espiritual que surge al optar radicalmente por el Reino de Dios. Jesús nos advierte que su mensaje exige una adhesión total, que puede generar tensiones incluso dentro de las relaciones familiares más íntimas. Nos llama a amarlo por encima de todo y de todos, incluso de nuestros seres más queridos. La exigencia de 'tomar la cruz' es una invitación a la entrega de la propia vida, a la renuncia a uno mismo por amor a Él y al Evangelio. Finalmente, el Señor nos asegura que quien acoge a sus discípulos, lo acoge a Él y, en última instancia, al Padre, prometiendo una recompensa divina para quienes sirvan con caridad, incluso en los gestos más pequeños.
Este Evangelio nos interpela profundamente hoy. ¿Estoy dispuesto a poner a Jesús en el primer lugar de mi vida, por encima de mis afectos, mis planes y mis comodidades? La 'cruz' que Jesús nos invita a tomar no es un sufrimiento sin sentido, sino la aceptación de las dificultades y renuncias que implica seguirlo fielmente, confiando en su promesa de que quien pierde su vida por Él, la encontrará. Es un llamado a la libertad interior, a no aferrarnos a nada que nos impida amar a Dios con todo el corazón. La Primera Lectura de Isaías (1, 10. 16-20) resuena con fuerza en este contexto, recordándonos que Dios no busca sacrificios externos si nuestro corazón no está transformado. Nos invita a 'lavarnos y purificarnos', a 'aprender a hacer el bien, buscar la justicia, auxiliar al oprimido'. La verdadera adoración a Dios se manifiesta en la caridad fraterna y en la búsqueda de la justicia. Así, el amor a Jesús se traduce en un amor concreto hacia el prójimo, especialmente hacia los más pequeños, a quienes se les ofrece un vaso de agua fría en su nombre.
Señor Jesús, concédenos la gracia de comprender la profundidad de tus palabras. Ayúdanos a amarte por encima de todo y de todos, a desprendernos de aquello que nos ata y nos impide seguirte con libertad. Que no temamos tomar nuestra cruz diaria, sabiendo que en ella encontramos la verdadera vida. Abre nuestros ojos para reconocerte en el prójimo, especialmente en los más necesitados, y danos un corazón generoso para servirte en ellos, ofreciendo con alegría incluso el más pequeño gesto de amor. Que nuestro amor por ti se manifieste en obras de justicia y caridad, como nos enseña el profeta Isaías.
Ahora, en silencio, detente un momento. Permite que la Palabra de Jesús resuene en tu corazón: 'El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí'. Descansa en la presencia de Dios, dejando que su amor te fortalezca y te anime a la entrega generosa.
Hoy, buscaré una oportunidad para realizar un acto de servicio o caridad, por pequeño que sea, en nombre de Jesús, ofreciéndolo por amor a Él y a su Evangelio. Reflexionaré sobre qué 'cruz' concreta me pide el Señor abrazar en mi día a día.
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