Lectio Divina
Miércoles 22 de julio de 2026
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El Evangelio de hoy, tomado de san Juan (20, 1-2. 11-18), nos presenta el conmovedor encuentro de María Magdalena con Jesús resucitado. Es el primer día después del sábado, y ella acude al sepulcro en la oscuridad de la mañana, movida por su amor y dolor. Al ver la piedra removida, su primer pensamiento es que se han llevado el cuerpo del Señor, lo que la sume en una profunda angustia. Corre a avisar a Pedro y al otro discípulo, y luego regresa al sepulcro, donde su dolor la lleva a llorar sin consuelo. En medio de su lamento, María es interpelada primero por dos ángeles y luego por Jesús mismo, a quien inicialmente no reconoce. Su corazón está tan inundado de tristeza y la idea de la ausencia del Señor que no puede ver más allá. Solo cuando Jesús la llama por su nombre, con esa voz familiar y amorosa, "¡María!", sus ojos se abren y su corazón reconoce al Maestro. Este reconocimiento la transforma del llanto a la alegría y la convierte en la primera anunciadora de la Resurrección, con un mensaje claro para los discípulos: Jesús sube al Padre, a nuestro Padre, a nuestro Dios.
Este pasaje nos invita a reflexionar sobre nuestra propia búsqueda de Dios. Como María Magdalena, a menudo lo buscamos en medio de nuestras penas y confusiones, a veces sin reconocerlo en las circunstancias o en las personas que nos rodean. La lectura del Cantar de los Cantares (3, 1-4a) que nos acompaña hoy, con la esposa que busca incansablemente a su amado, resuena con la persistencia de María. ¿Dónde busco yo al Señor en mi vida? ¿Permito que mi dolor o mis ideas preconcebidas me impidan reconocer su presencia viva y resucitada? El Señor, con su infinita ternura, nos sale al encuentro en nuestros momentos de mayor desolación. Él conoce nuestro nombre, conoce nuestras lágrimas y nuestro anhelo más profundo. Su llamada personal nos despierta, nos saca de la tristeza y nos invita a una nueva relación con Él. Este "¡María!" es una invitación a la intimidad, a volvernos hacia Él y exclamar, como ella, "¡Rabbuní!". Es un llamado a pasar del lamento a la misión, a ser testigos de su Resurrección en nuestra propia vida y ante los demás, llevando la buena noticia de que Él vive y nos espera en el Padre.
Señor Jesús, te damos gracias por tu amor que nos busca incansablemente, incluso cuando nuestra tristeza nos ciega. Abre nuestros ojos y nuestro corazón para reconocerte en cada momento de nuestra vida. Llama nuestro nombre, como llamaste a María Magdalena, y conviértenos del llanto a la alegría de tu presencia. Que tu Palabra sea luz en nuestra oscuridad y nos impulse a anunciar tu Resurrección con valentía y fe. Que podamos exclamar, como María, "¡Rabbuní!", y vivir en la certeza de que eres nuestro Maestro y nuestro Dios.
Permanece en silencio, dejando que la Palabra "¡María!" resuene en tu interior. Siente la ternura de Jesús que te llama por tu nombre. Descansa en su presencia amorosa y en la alegría de saber que Él vive.
Hoy, en un momento de dificultad o tristeza, haré una pausa y recordaré que Jesús me llama por mi nombre. Intentaré reconocer su presencia en esa situación o en las personas que me rodean, y ofreceré una oración de confianza.
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