Lectio Divina
Lunes 3 de agosto de 2026
«Tranquilícense y no teman. Soy yo.»
El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús que, después de la multiplicación de los panes, despide a la multitud y a sus discípulos, y se retira a orar a solas en el monte. Mientras Él está en profunda comunión con el Padre, la barca de los discípulos se encuentra en medio del mar, azotada por el viento contrario y las olas. Es en esta situación de dificultad y miedo donde Jesús se manifiesta, caminando sobre las aguas, un signo de su divinidad y poder sobre la creación (san Mateo 14, 22-26). Los discípulos, al principio, se espantan, confundiéndolo con un fantasma. Pero Jesús les sale al encuentro con palabras de consuelo y revelación: “Tranquilícense y no teman. Soy yo” (san Mateo 14, 27). Luego vemos la iniciativa de Pedro, quien, movido por la fe y el deseo, le pide caminar sobre las aguas. Sin embargo, al sentir la fuerza del viento, su fe flaquea, comienza a hundirse y clama por ayuda. Jesús, con prontitud y ternura, lo rescata y le interpela sobre su poca fe (san Mateo 14, 28-31). La calma del viento al subir Jesús a la barca y la adoración de los discípulos confirman su identidad como Hijo de Dios. Finalmente, la travesía culmina con la llegada a Genesaret, donde el poder sanador de Jesús se manifiesta a todos los que lo tocan (san Mateo 14, 32-36).
Este pasaje nos invita a reflexionar sobre nuestra propia fe ante las dificultades de la vida. ¿Cuántas veces nos sentimos como los discípulos en la barca, azotados por los vientos contrarios de las preocupaciones, las dudas o los problemas? En esos momentos de oscuridad y temor, Jesús se acerca a nosotros, aunque a veces no lo reconozcamos y lo confundamos con un fantasma de nuestros miedos. La voz de Jesús resuena hoy en nuestro corazón: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. Él nos invita a confiar, a no dudar de su presencia y su poder. Como Pedro, quizás nos atrevamos a dar un paso de fe, pero al sentir la fuerza de las adversidades, nuestra confianza flaquea y comenzamos a hundirnos. Es en ese instante cuando debemos clamar a Él: “¡Sálvame, Señor!”. Él siempre está dispuesto a tendernos la mano, a sostenernos y a recordarnos que, a pesar de nuestras debilidades, Él es fiel y su amor es inquebrantable. La primera lectura nos recuerda que no debemos dejarnos engañar por falsas promesas de paz, sino confiar en la verdadera palabra del Señor, que a veces nos pide cargar con yugos difíciles, pero que siempre nos lleva a la salvación.
Señor Jesús, tú que conoces las tormentas de mi corazón y las olas que amenazan con hundirme, te pido que tu voz resuene en mi interior: “No temas, soy yo”. Aumenta mi fe, Señor, para que, aunque los vientos sean contrarios, pueda caminar hacia ti con confianza. Cuando mi fe flaquee y comience a hundirme, tiéndeme tu mano poderosa y rescátame. Ayúdame a reconocerte en medio de mis miedos y a postrarme ante ti, confesando que verdaderamente eres el Hijo de Dios, mi Salvador. Que tu presencia calme toda tempestad en mi vida.
Permanece en silencio, en la presencia amorosa de Dios. Deja que la Palabra “Soy yo” resuene en tu corazón. Descansa en la seguridad de su presencia y de su amor que te sostiene.
Hoy, ante cualquier situación que me genere miedo o inquietud, recordaré las palabras de Jesús: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”, y haré un acto de confianza en Él, entregándole mi preocupación.
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