Lectio Divina
Martes 4 de agosto de 2026
«Tranquilícense y no teman. Soy yo.»
El Evangelio de hoy, tomado de San Mateo (14, 22-36), nos sitúa inmediatamente después del milagro de la multiplicación de los panes. Jesús, habiendo alimentado a la multitud, insiste en que sus discípulos se adelanten en la barca, mientras Él se retira a la soledad del monte para orar. Esta imagen de Jesús en oración, separado de sus discípulos, es clave para comprender lo que sigue. Él se encuentra en comunión íntima con el Padre, intercediendo por los suyos. Durante la noche, los discípulos se enfrentan a una fuerte tormenta en el mar. La barca es sacudida por las olas y el viento contrario, una imagen que evoca las dificultades y pruebas de la vida. Es en este contexto de temor y angustia que Jesús se les aparece caminando sobre el agua. Su presencia, lejos de traer consuelo inmediato, los asusta, confundiéndolo con un fantasma. Es entonces cuando Él pronuncia las palabras que son el centro de nuestra meditación: "Tranquilícense y no teman. Soy yo" (Mateo 14, 27). Este "Soy yo" es una auto-revelación divina, resonando con el nombre de Dios en el Antiguo Testamento.
En nuestra vida, al igual que los discípulos, a menudo nos encontramos en medio de tormentas. Puede ser la incertidumbre, el miedo al futuro, las dificultades en las relaciones, la enfermedad o cualquier otra adversidad que nos sacude y nos hace sentir que estamos a punto de hundirnos. ¿Cómo reaccionamos ante estas situaciones? ¿Nos dejamos llevar por el pánico y la desesperación, o recordamos la presencia de Cristo? La experiencia de Pedro es profundamente reveladora. Su deseo de ir hacia Jesús caminando sobre el agua, aunque audaz, se ve rápidamente superado por el miedo al viento y las olas. Es un reflejo de nuestra propia fragilidad: a veces, por un instante, experimentamos una fe grande, pero ante la magnitud de la prueba, la duda se asoma y comenzamos a hundirnos. La mano extendida de Jesús y su reproche amoroso, "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" (Mateo 14, 31), nos invita a examinar dónde ponemos nuestra confianza. La Primera Lectura de Jeremías nos recuerda que, aun cuando la herida parece irremediable, Dios es quien cambia la suerte de su pueblo, reconstruye y se apiada. Él nos dice: "Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios" (Jeremías 30, 22).
Señor Jesús, en medio de las tormentas de mi vida, ayúdame a escuchar tu voz que dice: "Tranquilízate y no temas. Soy yo". Concédeme la gracia de una fe firme, para que, aunque el viento sea fuerte, mis ojos permanezcan fijos en ti. Te pido, Señor, que cuando la duda me asalte y comience a hundirme, tu mano siempre esté lista para sostenerme y levantarme. Que reconozca en ti al Hijo de Dios, el único que puede calmar las tempestades de mi corazón y de mi existencia. Amén.
Permanece en silencio, en la presencia de Dios. Deja que las palabras "Tranquilícense y no teman. Soy yo" resuenen en tu interior. Siente la paz que solo Él puede dar, confiando en su presencia constante en tu barca.
Hoy, cuando surja una preocupación o un miedo, haré una pausa, cerraré los ojos y repetiré las palabras de Jesús: "Tranquilícense y no teman. Soy yo", confiando en su presencia y en su poder para sostener mi vida.
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