Lectio Divina
Jueves 6 de agosto de 2026
«Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo.»
Hoy, en la Fiesta de la Transfiguración del Señor, la Palabra nos invita a contemplar un momento de revelación profunda en la vida de Jesús. El Evangelio de san Mateo (17, 1-9) nos narra cómo Jesús sube a un monte elevado junto a Pedro, Santiago y Juan. Allí, ante sus ojos, se transfigura: su rostro brilla como el sol y sus vestiduras se vuelven resplandecientes. Este evento no es un mero prodigio, sino una manifestación anticipada de su gloria divina, una luz que irradia desde su ser más íntimo. La aparición de Moisés y Elías, figuras cumbres del Antiguo Testamento, conversando con Jesús, subraya que Él es el cumplimiento de la Ley y los Profetas. La voz del Padre desde la nube luminosa, que proclama: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo" (Mateo 17, 5), es el culmen de esta teofanía. Es la misma voz que se escuchó en el Bautismo de Jesús, pero ahora con una exhortación clara a los discípulos: 'escúchenlo'. Esta orden es crucial, pues la Palabra de Jesús es la Palabra definitiva de Dios para la humanidad. Tras el temor inicial, los discípulos alzan la vista y solo ven a Jesús, volviendo a la realidad cotidiana con una experiencia que deben guardar hasta la resurrección.
Este pasaje nos interpela profundamente hoy. ¿Cuántas veces en nuestra vida necesitamos un momento de luz, una certeza de la presencia de Dios en medio de nuestras dificultades o dudas? La Transfiguración nos recuerda que Jesús es el Hijo amado del Padre, y que en Él reside toda la plenitud de la divinidad. Esta verdad nos invita a poner nuestra confianza plena en Él, sabiendo que su gloria es también nuestra esperanza. La voz del Padre nos dice: "escúchenlo". En un mundo lleno de ruidos y voces que compiten por nuestra atención, ¿estamos realmente escuchando a Jesús? ¿Nos tomamos el tiempo para meditar su Palabra, para discernir su voluntad en nuestra vida? Escuchar a Jesús implica un compromiso, una apertura del corazón para seguir sus enseñanzas y permitir que su luz transforme nuestras propias tinieblas. No se trata solo de un momento de éxtasis en el monte, sino de llevar esa luz a nuestro valle cotidiano, a nuestras responsabilidades y relaciones.
Señor Jesús, en este día de tu Transfiguración, te pedimos que nos permitas contemplar tu gloria con los ojos de la fe. Que tu luz ilumine nuestras vidas, disipe nuestras sombras y nos fortalezca en el camino. Ayúdanos, Señor, a escuchar tu voz con un corazón dócil y obediente, a ponerte a Ti en el centro de nuestra existencia, reconociéndote como el Hijo amado del Padre. Que tu presencia transformadora nos impulse a vivir cada día como tus verdaderos discípulos.
Permanece en silencio, en la presencia de Dios. Deja que la imagen de Jesús transfigurado inunde tu interior. Descansa en la certeza de que Él es el Hijo amado del Padre y que su Palabra es vida para ti. Simplemente, sé y déjate amar por Él.
Hoy me comprometo a dedicar un momento específico del día a la escucha activa de la Palabra de Dios, leyendo un pasaje del Evangelio y reflexionando sobre cómo puedo aplicarlo a mi vida concreta, pidiendo al Espíritu Santo que me ayude a comprender y obedecer.
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