Lectio Divina
Domingo 16 de agosto de 2026
«Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas.»
Nos encontramos hoy con un pasaje del Evangelio de San Mateo (15, 21-28) que nos presenta a Jesús en un territorio pagano, fuera de los límites de Israel, en la región de Tiro y Sidón. Allí, una mujer cananea, extranjera y considerada impura por la ley judía, se acerca a Él con una súplica desesperada: su hija está atormentada por un demonio. Es importante notar que, en un primer momento, Jesús guarda silencio y luego parece rechazarla, afirmando que su misión se dirige a las ovejas descarriadas de la casa de Israel. La mujer, lejos de desanimarse, persiste en su ruego. Se postra ante Jesús y le pide ayuda. La respuesta de Jesús, que compara a los gentiles con "perritos" que no deben comer el pan de los "hijos", es fuerte y pone a prueba la humildad y la fe de esta madre. Sin embargo, su réplica, llena de sabiduría y confianza, desarma a Jesús, quien finalmente exalta su fe y concede su petición. En ese mismo instante, su hija queda curada, mostrando el poder de la fe inquebrantable.
Este encuentro nos invita a reflexionar sobre nuestra propia fe. ¿Con qué persistencia buscamos al Señor cuando nos enfrentamos a dificultades? La mujer cananea no se detiene ante el silencio, ni ante la aparente negativa, ni siquiera ante una comparación que podría haberla ofendido profundamente. Su amor de madre y su profunda confianza en Jesús la impulsan a seguir insistiendo, a encontrar una rendija en la misericordia divina. Quizás en nuestra vida hemos sentido el silencio de Dios, o hemos pensado que nuestras súplicas no eran escuchadas. Este pasaje nos anima a no desistir, a creer que Dios siempre nos escucha, aunque sus caminos y tiempos no sean los nuestros. La fe de esta mujer nos enseña que la verdadera humildad no es resignación, sino la capacidad de reconocer nuestra pequeñez ante Dios, pero también su inmensa bondad y poder, que es capaz de obrar milagros incluso en las circunstancias más adversas. Es una invitación a confiar plenamente en que, a pesar de las pruebas, el Señor tiene un plan de amor para nosotros.
Señor Jesús, te damos gracias por el testimonio de esta mujer cananea, cuya fe nos interpela y nos anima. Te pedimos que aumentes nuestra fe, que nos des la perseverancia para buscarte sin desanimarnos, incluso cuando parezca que guardas silencio. Ayúdanos a reconocer tu presencia en cada situación de nuestra vida y a confiar en tu infinita misericordia. Que, como ella, podamos decir con humildad y confianza: "Señor, ayúdame", sabiendo que siempre estás dispuesto a escucharnos y a obrar en nosotros según tu voluntad.
Ahora, en silencio, descansa en la presencia del Señor. Permite que la Palabra "Mujer, ¡qué grande es tu fe!" resuene en tu corazón. Siente la cercanía de Dios, que te invita a confiar plenamente en Él.
Hoy, ante una dificultad o preocupación, no me desanimaré. Recordaré la fe de la mujer cananea y, con humildad y perseverancia, presentaré mi súplica al Señor, confiando en su amor y en que Él escucha mi oración.
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