Lectio Divina
Viernes 4 de septiembre de 2026
«Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo revienta los odres.»
El pasaje de Lucas 5, 33-39 presenta un diálogo entre Jesús, los fariseos y los escribas sobre la práctica del ayuno. La pregunta de los fariseos revela una preocupación por la observancia de las tradiciones religiosas establecidas, comparando a los discípulos de Juan y los suyos con los de Jesús, quienes 'comen y beben' (Lucas 5, 33). Jesús responde inicialmente con la imagen de la boda, identificándose implícitamente como el 'esposo' (Lucas 5, 34-35). Esta imagen nupcial, común en el Antiguo Testamento para describir la relación de Dios con su pueblo, y adoptada por Juan el Bautista para referirse a Jesús, indica que su presencia es un tiempo de alegría y celebración, incompatible con el ayuno penitencial. Posteriormente, Jesús introduce tres breves parábolas: el remiendo en un vestido, el vino nuevo en odres viejos y la preferencia por el vino añejo (Lucas 5, 36-39). Estas parábolas no son meros proverbios, sino que ilustran la novedad radical del mensaje y la misión de Jesús. El 'vino nuevo' y el 'vestido nuevo' simbolizan la plenitud del Reino de Dios inaugurado por Cristo, que no puede ser contenido ni asimilado por las estructuras y mentalidades antiguas ('odres viejos', 'vestido viejo') sin que estas se rompan o se echen a perder. Hay una incompatibilidad fundamental entre la novedad de Cristo y la rigidez de las tradiciones que no se abren a Él.
Este pasaje nos invita a reflexionar sobre nuestra propia apertura a la novedad de Dios. La pregunta de los fariseos no es malintencionada, sino que surge de una mentalidad arraigada en la observancia de la ley y la tradición. Para ellos, la vida religiosa se medía por prácticas visibles como el ayuno y la oración, que eran signos de piedad. Sin embargo, Jesús revela que su presencia inaugura un tiempo nuevo, un 'vino nuevo' que no puede ser vertido en 'odres viejos', es decir, en mentalidades y estructuras que se aferran rígidamente al pasado y no permiten la acción transformadora del Espíritu. La Iglesia, a lo largo de su historia, ha comprendido que la fidelidad a la tradición no es inmovilismo, sino una continua recepción del Espíritu que renueva todas las cosas. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, la Iglesia 'peregrina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios' (Lumen Gentium, 8), siempre llamada a una renovación interior. ¿Estamos dispuestos a ser esos 'odres nuevos' que permiten que el Espíritu Santo actúe con libertad en nuestras vidas y en nuestras comunidades? O, como dice el Señor, ¿preferimos el 'vino añejo' de nuestras costumbres, incluso si nos impiden acoger la plenitud de su gracia? La fidelidad del administrador, de la que nos habla San Pablo en la primera lectura (1 Corintios 4, 1-2), no consiste en la mera repetición de formas, sino en la docilidad a los 'misterios de Dios' que se revelan continuamente.
Señor, Dios de la vida y de la novedad, tú que vienes a nosotros como el Esposo, trayendo la alegría de tu presencia y la plenitud de tu Reino. Abre nuestro corazón, Señor, para que no nos aferremos a lo viejo, a las costumbres que ya no dan vida, a las estructuras que impiden la efusión de tu Espíritu. Haznos odres nuevos, capaces de recibir el vino de tu gracia, sin que se rompan por la rigidez o la falta de fe. Que no temamos dejar atrás lo conocido para acoger lo que tú nos ofreces, pues tú eres siempre más grande y tu amor es siempre renovador. Ilumina, Señor, nuestras intenciones y nuestros juicios, como nos recuerda tu apóstol Pablo, para que solo tú seas nuestro juez y nuestra alabanza.
Permanece en silencio, en la presencia del Señor. Deja que la imagen del 'vino nuevo en odres nuevos' resuene en tu interior. Siente cómo el Espíritu Santo desea renovar cada aspecto de tu vida, si tan solo le ofreces un corazón dócil y abierto. 'Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva; lo viejo ha pasado, lo nuevo ha llegado' (2 Corintios 5, 17).
Hoy, revisaré una costumbre o una forma de pensar en mi vida espiritual o en mi relación con los demás que siento que me impide crecer o acoger plenamente la gracia de Dios, y buscaré una manera concreta de abrirme a la novedad del Espíritu.
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