Lectio Divina
Miércoles 23 de septiembre de 2026
«Ellos se pusieron en camino y fueron de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio y curando en todas partes. (Lucas 9, 6)»
El evangelio de Lucas nos presenta a Jesús enviando a los Doce en una misión específica. Este pasaje, que se inserta en la sección del viaje de Jesús hacia Jerusalén, es crucial porque marca la extensión de la autoridad de Jesús a sus discípulos. El texto enfatiza el poder y la autoridad que Jesús les confiere sobre los demonios y las enfermedades, lo cual no es un poder intrínseco de los apóstoles, sino una participación en la autoridad de Cristo. La misión tiene un doble propósito: predicar el Reino de Dios y curar a los enfermos, manifestando así la cercanía del Reino no solo en palabras, sino también en obras concretas de liberación y restauración. Las instrucciones de Jesús sobre el equipaje son significativas. La prohibición de llevar provisiones (bastón, morral, comida, dinero, dos túnicas) subraya la total dependencia de los enviados en la providencia divina y en la hospitalidad de aquellos a quienes sirven. Esta vulnerabilidad material los hace más receptivos y a la vez, más elocuentes testigos del mensaje que proclaman. La instrucción de permanecer en la misma casa y de sacudirse el polvo de los pies ante el rechazo, muestra la seriedad de la misión y la responsabilidad de quienes la reciben, así como la libertad de los enviados para continuar su camino sin apegarse a los resultados inmediatos.
Este envío de los Doce resuena hoy para cada creyente. Jesús nos confía también a nosotros la misión de anunciar el Reino de Dios. No se trata solo de palabras, sino de manifestar el Reino a través de nuestras acciones, llevando consuelo, sanación y esperanza a quienes nos rodean. La autoridad que recibimos no proviene de nuestras propias capacidades, sino del mismo Cristo, que nos capacita con su gracia para ser instrumentos de su amor y misericordia en el mundo. La radicalidad de las instrucciones de Jesús nos invita a reflexionar sobre nuestra propia dependencia de lo material. En un mundo que valora la seguridad y la acumulación, el Señor nos llama a confiar plenamente en su providencia, a despojarnos de lo superfluo para estar más disponibles a su voluntad. Como nos recuerda la primera lectura, debemos pedir al Señor que nos libre de la pobreza extrema que nos tiente a robar, pero también de la riqueza que nos haga olvidar a Dios (Proverbios 30, 8-9). La verdadera riqueza está en nuestra relación con Él y en la generosidad con la que compartimos lo que somos y tenemos. La misión no es nuestra, sino de Dios, y Él proveerá lo necesario para llevarla a cabo.
Señor, Dios de bondad infinita, tú que enviaste a tus discípulos a proclamar la buena nueva del Reino, concédeme la gracia de escuchar tu voz y de responder con generosidad a tu llamado. Que mi vida sea un testimonio de tu amor y que, despojado de toda vanidad y superfluidad, pueda confiar plenamente en tu providencia. Hazme instrumento de tu paz y de tu sanación, para que, por mis palabras y mis obras, tu Reino se haga presente en el mundo. Que nunca me aparte de ti por la abundancia ni me olvide de ti por la escasez, sino que siempre viva en justa medida, buscando solo agradarte y servirte con fidelidad, porque tu palabra es verdad y tú eres mi escudo.
Permanece en silencio, en la presencia de Dios. Deja que la Palabra resuene en tu corazón: "Ellos se pusieron en camino y fueron de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio y curando en todas partes" (Lucas 9, 6). Siente la invitación de Jesús a participar en su misión, a confiar en su providencia y a ser portador de su amor en el mundo. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que "la vocación cristiana, por su propia naturaleza, es también vocación al apostolado" (CIC 863).
Hoy, buscaré una oportunidad concreta para servir a alguien necesitado o para llevar una palabra de aliento a quien lo necesite, confiando en que Dios me proveerá lo necesario para hacerlo.
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