Lectio Divina
Domingo 27 de septiembre de 2026
«Los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios.»
El evangelio de hoy nos presenta la parábola de los dos hijos (Mateo 21, 28-32), una de las tres parábolas del juicio que Jesús pronuncia en el Templo de Jerusalén, dirigidas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Esta sección del evangelio de Mateo (21,23-22,14) describe el conflicto creciente entre Jesús y las autoridades judías, quienes cuestionan su autoridad. La parábola es una respuesta directa a su incredulidad y resistencia a aceptar el mensaje de Juan el Bautista y, consecuentemente, el de Jesús. La figura del padre que encarga ir a trabajar a la viña es una imagen común en el Antiguo Testamento para referirse a Dios y al pueblo de Israel, respectivamente. El primer hijo, que dice 'sí' pero no va, representa a aquellos que, como los líderes religiosos, profesan obediencia a la Ley pero no la cumplen en espíritu, rechazando el llamado al arrepentimiento. El segundo hijo, que dice 'no' pero luego se arrepiente y va, simboliza a los pecadores, como publicanos y prostitutas, quienes inicialmente estaban alejados de la Ley pero respondieron con fe y conversión al mensaje de Juan, manifestando su obediencia a la voluntad de Dios a través de sus acciones.
Jesús desafía la autocomplacencia de los líderes religiosos al invertir las expectativas. Ellos, que se consideraban justos y obedientes, son superados por aquellos a quienes despreciaban. La parábola subraya que la verdadera obediencia no reside en las palabras o en una profesión externa de fe, sino en la acción concreta y en el arrepentimiento sincero. La voluntad del Padre no se cumple con meras promesas, sino con una vida transformada que responde al llamado divino. Este pasaje resuena con la primera lectura de Ezequiel (18,25-28), que nos recuerda que la justicia de Dios no es estática, sino que valora el arrepentimiento y la conversión. 'Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud y la justicia, él mismo salva su vida' (Ezequiel 18,27). La exhortación de San Pablo en la segunda lectura (Filipenses 2,1-11) a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, quien se humilló hasta la muerte de cruz, nos invita a una obediencia radical que se traduce en amor y servicio al prójimo. Es una invitación a la humildad y a buscar no nuestro propio interés, sino el del prójimo, como manifestación de nuestra obediencia a la voluntad divina.
Señor, Dios de bondad, que nos llamas incansablemente a trabajar en tu viña, en la tarea de tu Reino. Con frecuencia, como el primer hijo, prometemos con ligereza y luego nos desviamos de tu camino. Perdona nuestra incoherencia, nuestra tibieza, la facilidad con que decimos 'sí' con los labios mientras el corazón y las manos se resisten a la acción. Concédenos, Señor, la gracia de un arrepentimiento sincero, como el segundo hijo, para que, aunque tropecemos o nos neguemos inicialmente, sepamos rectificar y nos volvamos a ti con obras de justicia y amor. Que tu Espíritu nos impulse a vivir con la humildad de Cristo, sirviendo a los demás y cumpliendo tu voluntad en cada paso de nuestro peregrinar.
Permanece en silencio, en la presencia de Dios. Deja que la parábola resuene en tu interior. ¿Qué voz de Dios te llama hoy a trabajar en su viña? ¿Cómo respondes a ese llamado? 'No busques tu propio interés, sino el del prójimo' (Filipenses 2,4).
Hoy me esforzaré por traducir mi fe en una acción concreta de servicio o ayuda a alguien, especialmente a aquellos que me resultan más difíciles o con quienes tengo diferencias, reconociendo en ellos la llamada a la humildad de Cristo.
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